95.- Recursos personales positivos en la relación con el paciente: las estrategias de regulación emocional
116.- Análisis funcional de casos psiquiátricos: su utilidad en la comprensión de la patología

Modelo junguiano de la psique

Para la comprensión adecuada de los arquetipos y símbolos se hace necesario presentar el modelo de la psique ofrecido por el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung.

Jung, describió tres estratos de la psique:

1.- El consciente, cuyo punto focal es el ego

El ego es el complejo central de la psique consciente: portador de nuestro sentido de identidad y continuidad personal en el espacio y el tiempo.

2.- El inconsciente personal, de naturaleza ontológica

Relacionado con la experiencia individual. Los contenidos del inconsciente personal son biográficos: memorias reprimidas, percepciones subliminales y los complejos.

Los complejos son las unidades funcionales del inconsciente personal. Un complejo es la imagen de cierta situación psíquica que tiene un fuerte acento emocional. Además, es incompatible con la actitud habitual de la conciencia. El núcleo de un complejo es un arquetipo del inconsciente colectivo. La activación de un arquetipo está regida por las leyes de asociación: la ley de semejanza y la ley de contigüidad. Así, un arquetipo comienza a actuar en la psique cuando un individuo se halla próximo (contigüidad) a una situación o a una persona cuyas características guardan semejanza con el arquetipo en cuestión.

Una activación de un complejo significa que aglutinamos los acontecimientos, ideas y emociones, a manera de racimo, alrededor de un arquetipo (madre, padre, héroe, niño divino, dios, etc.) que los vinculan entre sí, al igual que como solemos agrupar en constelaciones (“Osa mayor”, “Osa menor”) las estrellas que vemos en la bóveda celeste. De tal manera, los complejos permanecen agrupados bajo un nudo temático.

Los complejos están caracterizados por su carácter autónomo. Mientras más inconsciente sea el complejo mayor será su autonomía. La activación o constelización de un complejo es una experiencia marcada por la presencia de un fuerte tono emocional, ya sea de amor, odio, tristeza, alegría o ira. Todos los seres humanos poseemos complejos, en razón de ser las unidades estructurales del inconsciente personal. Con relación a ello Jung señala: “hoy en día, todos saben que las personas tienen complejos. Lo que no se sabe, a pesar de que teóricamente es mucho más importante, es que los complejos pueden tenernos a nosotros” (CW 8, 200).

El primer complejo activado es el complejo del Yo, el cual comienza a funcionar en la primera infancia. El Yo es el más autónomo y diferenciado de los complejos y conglomera nuestra visión de mundo y de nosotros mismos.

Los complejos no son buenos ni malos, el carácter lo determina la relación que tiene el ego con los mismos. Por ejemplo, si tenemos un fuerte complejo de abandono de carácter bastante autónomo éste podría convertirse en el punto propicio a la creación de símbolos referentes al tema de ser abandonado y estos símbolos se constituyen en un factor de atracción de temas, pensamientos e ideas que refuerzan tal complejo. Por ello, se hace necesario trabajar nuestros complejos a fin de que no se vuelvan atractores fijos y como tales estemos sometidos a leyes repetitivas y mecánicas de las corrientes inconscientes.  La idea es pasar de objeto a sujeto.

3.- Inconsciente colectivo o psique objetiva, autónoma, arquetipal o transpersonal cuya naturaleza es filogenética

Es el estrato más profundo de la psique, común a toda la humanidad y cuyos elementos estructurales y primordiales son los arquetipos.

Los arquetipos son sistemas energéticos de naturaleza psíquica determinantes de toda forma de experiencia psíquica. Son elementos universales, eternos y heredados, que se manifiestan a través de imágenes simbólicas y representan los eventos primigenios que dieron forma a la humanidad desde tiempos inmemoriales.

Jung utilizó el símil del espectro lumínico para ilustrar las diferencias entre el instinto y el arquetipo: los patrones instintivos del comportamiento y la imagen arquetipal son extremos polares del espectro continuo.

De acuerdo con este símil bien pudiera decirse: los arquetipos son instintos expresados en imágenes. Los arquetipos son a la psique lo que los instintos a la biología. Así como también la esfera psico-espiritual y la biológica son dos caras de una misma moneda. En virtud de ello, cada contenido arquetipal posee su contraparte en alguna forma instintiva. No obstante, es imposible conocer los arquetipos de por sí, pues no son accesibles al conocimiento directo. Su existencia solo puede ser inferida a partir de sus manifestaciones. Es decir, solo podemos percibir los arquetipos cuando surgen como imágenes en la conciencia.

De manera similar a los instintos, los arquetipos, escribe el analista Anthony Stevens, Nos predisponen a enfocar la vida y a vivirla de determinadas maneras, de acuerdo con pautas previamente dispuestas en la psique. Es más, también organizan las percepciones y las experiencias para ajustarlas a la pauta. A esto se refiere Jung cuando dice que hay tantos arquetipos como situaciones típicas en la vida. Hay figuras arquetípicas (por ejemplo, madre, hijo, padre, dios, sabio), acontecimientos arquetípicos (por ejemplo, nacimiento, muerte, separación de los padres, cortejo, matrimonio, etc.) y objetos arquetípicos (por ejemplo, agua, sol, luna, peces, animales predadores, serpientes). Cada uno de estos arquetipos forma parte de la dotación global que la evolución nos entrega como equipaje para la vida; cada uno halla su expresión en la psique, en el comportamiento y en los mitos. (1994, Jung o la búsqueda de la identidad. Madrid: Editorial Debate, S.A, p. 50).

Como hemos podido apreciar, los arquetipos no son ideas heredadas sino posibilidades de ideas, y esto puede ser confirmado desde diversos campos de estudios: etología, biología, antropología, sociología, psicología. Los antropólogos George Murdock y Robin Fox han concluido de acuerdo con sus estudios lo siguiente:

Ninguna cultura humana conocida carece de leyes acerca de la propiedad, de procedimientos para resolver disputas, de leyes que gobiernan el cortejeo, el matrimonio y el adulterio; de tabúes relacionados con la comida y el incesto; de reglas de etiqueta prescribiendo formas de saludos y maneras de dirigirse al otro, así como también reglamentaciones acerca de la manufactura de herramientas y armas; de la labor cooperativa, del régimen de visitas, acerca de banquetes,  hospitalidad, el intercambio de regalos, los ritos funerarios, la creencias en fuerzas supernaturales, los rituales religiosos, el recital de mitos y leyendas, los bailes, las enfermedades mentales, la curación a través de la fe, la interpretación de sueños, etc. Todos estos patrones universales de comportamiento ponen en evidencia los arquetipos en acción. La cuestión es: ninguna de nuestras experiencias vitales está determinada exclusivamente por nuestras historias personales. También se hallan fundamentalmente guiadas por la historia colectiva de la especie humana como una totalidad. Esta historia colectiva está codificada en el inconsciente colectivo. (Citado en Stevens 1994, 15-16)

El sí-mismo (Self) o el arquetipo de la totalidad descrito por Jung.

El sí-mismo, en la hermenéutica junguiana, es la imago Dei o imagen divina. Como tal, es el centro regulador y principio unificador de la psique total. Representa el poder transpersonal que trasciende al ego, ocupando el lugar central como la autoridad psíquica suprema. El sí-mismo es personal y, a su vez, impersonal o transpersonal:

El sí-mismo no sólo es el centro, sino también toda la circunferencia que abarca tanto lo consciente como lo inconsciente; es el centro de esta totalidad, así como el ego es el centro de la conciencia. (Jung, CW 12, 44)

Como centro, participa de todos los niveles del ser. Como punto central, siempre forma parte de la imagen del círculo.
Mientras el ego posee un carácter finito, transitorio y parcial, el sí-mismo es infinito, eterno y total (sintético). Así el hombre, tal como lo señaló el filósofo danés Sören Kierkegaard, es una síntesis de infinito y finito, de lo temporal y de lo eterno, de libertad y necesidad.

Del sí-mismo surge el impulso hacia la auto-realización del individuo por medio de la comprensión y desarrollo de las potencialidades innatas de su psique a través de lo que Jung denominó el proceso de Individuación. Es, además, el medio adaptativo del hombre a su entorno, así como a su vida espiritual.

Existen innumerables temas e imágenes relacionadas con el sí-mismo. Al respecto, Edinger señala:

Temas tales como la plenitud, la totalidad, la unión de opuestos, el punto central generativo, el ombligo del mundo, el eje del universo, el punto creativo donde se encuentran Dios y el hombre, el punto en el cual las energías transpersonales fluyen hacia la vida personal, la eternidad como opuesta al flujo temporal, la incorruptibilidad, lo inorgánico unido paradójicamente con lo orgánico, las estructuras protectoras capaces de imponer orden sobre el caos, la transformación de la energía, el elíxir de la vida todo esto está referido al sí-mismo, la fuente central de la energía vital, la fuente de nuestro ser, la cual es descrita de manera más simple como Dios. (1974. Ego and Archetype. Baltimore: Penguin Books. p., 4)

Los contenidos arquetipales del inconsciente colectivo son accesibles a la conciencia solo a través de símbolos presentes en las fantasías, visiones, mitos, folklore, cuentos de hadas y particularmente a través de los sueños y los símbolos contenidos en los dogmas religiosos. Estos contenidos no pueden ser traducidos exclusivamente en términos de la historia personal pues no son individuales sino universales y de aparición regular. Símbolos tales como el nacimiento, la adolescencia, la muerte, la Madre, el Padre, la Luna, el Sol, el Héroe o Heroína, Dioses y Diosas, el Mago, el Sabio, el Tramposo, el Enemigo, son comunes a toda la raza humana independientemente de la cultura y de la era histórica.

El desarrollo de nuestra vida se va desenvolviendo alrededor de una miríada de patrones o temas, similares a los de los antiguos temas mitológicos. Conocer estos patrones o conocer nuestro mito personal nos permitirá vivenciar nuestra existencia como una vida plena de significación mítica y espiritual. Conocer estos patrones es conocer y comprender el aspecto imaginal de nuestra psique, así como los pasajes inherentes a toda vida humana.

Los arquetipos se expresan a través de los símbolos. El símbolo es una cosa viviente y nunca podrá ser conceptualmente agotado; posee una naturaleza polisémica. “El símbolo es la forma de manifestación del arquetipo en el aquí y en el ahora”. Sin embargo, el arquetipo no es idéntico al símbolo. Stevens representa al símbolo a modo de actualización de un arquetipo:

Arquetipo + experiencia = símbolo

A partir de lo cual, concluye: “El símbolo es la condensación de lo personal y lo colectivo, de lo individual y de lo universal” (1997, p. 29).

El símbolo, de acuerdo con Jung, “es la expresión de algo que no puede ser caracterizado de mejor manera. El símbolo está vivo mientras permanezca preñado de significado” (CW 6, 816).  Sin embargo, a través de una hermenéutica adecuada, los símbolos nos podrán ayudar a ir develando los contenidos psíquicos que de otra manera resultarían inasibles.

Por su parte, el filósofo Paul Tillich (1956. The Dynamics of Faith. New York: Harper and Row, pp. 41)  describe seis aspectos esenciales de los símbolos:

  1. Apuntan hacia algo más allá de sí mismos.
  2. Participan de aquello a lo que apuntan.
  3. Abren nuevos niveles de realidad que de otra manera estarían cerrados para nosotros.
  4. Revelan dimensiones y elementos de nuestra alma que corresponden a las dimensiones y elementos de la realidad.
  5. No pueden ser producidos intencionalmente.
  6. Crecen y mueren (cuando no pueden seguir produciendo una respuesta).
 

Como ejemplo del manejo de lo simbólico ofreceré un sueño y su aproximación a través de la amplificación. Un método de asociación creado por Jung y basado en un estudio comparativo de la religión, la mitología, los cuentos de hadas. Por ello, seguiremos la pista de los símbolos e imágenes oníricas hasta su fuente de origen (asociaciones arquetipales), evitando así la contaminación por cualquier crítica epistemológica.

Cruzando fronteras

Voy a pie tras un hombre desconocido. Es un guía turístico. Estamos frente a una aduana. El oficial de aduana exige la presentación de mis documentos. Luego de chequearlos, les estampa un sello. Los observo con cuidado. En ellos hay varios sellos y pienso: he atravesado varias fronteras. Al cruzar, observo un letrero: Edimburgo. El guía toma un sendero de tierra descendente. Llegamos a un valle hermoso pleno de vegetación y en cuyo centro se erige una enorme torre de piedra rectangular de estilo medieval. El guía me la señala diciendo: éste es el símbolo de la ciudad. Me acerco para detallarla, pues es de una belleza extraordinaria. Está rodeada de un gran estanque de agua cristalina. De pronto me percato de la súbita desaparición del guía. Sola, camino circundando la torre a objeto de contemplarla.

Ampliación del sueño, Cruzando fronteras

El guía es una personificación de Hermes y, como éste, hizo su epifanía en los límites y fronteras. En su condición de psicopompo*  me “bajó” a las profundidades de mi psique inconsciente. Allí me mostró “el símbolo de la ciudad”: la torre. La torre, en el cristianismo temprano, representaba con frecuencia la “ciudad de Dios”. En el sueño, sería el ámbito del sí-mismo como la metáfora psicológica de Dios o la imago Dei.

El guía me conduce a un valle: “en el simbolismo del paisaje, por su nivel, que se supone el del mar, es zona neutra, perfecta para el desenvolvimiento de la manifestación, es decir, de toda creación y progreso… El valle es el símbolo de la vida misma, el lugar mítico de los pastores y de los sacerdotes”. (Cirlot 1994., 455) La escenografía se presenta como una conjunción de opuestos: la naturaleza femenina y la fálica torre masculina. En virtud de ello, es un símbolo del sí-mismo. Además, desde una perspectiva aérea, la torre (masculina) y el agua (femenina) circundante representan un símbolo mandálico: otra forma de presentación del sí-mismo.

La torre, además de su connotación ascensional, está relacionada con Hermes, por su aspecto fálico y por su constitución pétrea. A Hermes no sólo pertenece el signo fálico sino también el montón de piedras. De hecho su nombre Hermes, deriva de él: un herma es justamente una piedra erecta… Esta interrelación tiene su explicación precisamente en la función de señal que tiene tanto el falo como la piedra.

Con respecto a “Edimburgo”, ciudad desconocida hasta entonces para mí, cabe señalar que “en el arte heráldico se representan a menudo torres…” blasonando escudos de ciudades, sobre todo cuando el nombre de la ciudad termina en “burgo”. Según Böckler (1688), han de interpretarse especulativamente como si aludiesen a castillos y fortalezas que el dueño del escudo “o fue el primero en escalar o sus generaciones las defendieron caballerescamente”(Bierderman 1993. Diccionario de símbolos. España: Ediciones Paidos Iberica. p., 453). La torre, en el centro del paisaje, refleja al sí-mismo como centro de la psique. Dar vueltas a su alrededor evoca el movimiento de “circumambulación”. La circumambulatio era un término alquímico utilizado para reflejar la concentración sobre un centro de cambio creativo. La circumambulación es una forma común de expresar la sacralidad de alguna cosa o algún lugar. “Caminando alrededor de lo que está separado, es decir, entre lo sagrado (dentro del círculo) y lo profano (fuera del círculo), la separación de ámbitos queda establecida y experimentada”. Sin embargo, la persona permanece simultáneamente en una posición única: en el límite entre dos ámbitos y, a la vez, conectada con ambos (Moon (edit.) 1991. An Encyclopedia of Archetypal Symbolism Boston: Shambhala Publications. p. 65). El ego, ocupa su posición adecuada en la psique, excéntrica: debe moverse en torno al centro psíquico. Como lo hace la tierra alrededor del sol.

Sincronísticamente, transcurridos algunos años de sucedido este sueño, tuve la oportunidad de visitar Edimburgo y el guía contratado me condujo a un castillo medieval localizado en el centro de la ciudad y, tal como en el sueño, declaró: “Este es el símbolo de la ciudad”. En el mismo se encuentra localizado un bloque de arenisca conocido como la “Piedra del Destino”, el símbolo escocés más importante. El sueño se había cumplido casi con entera fidelidad en un momento de mi vida en el cual mi destino estaba realizando un giro copernicano.

 

* Psicopompo: la figura que guía el alma en momentos de la iniciación y transición… capaz de pasar entre las polaridades (no solo muerte y vida, sino además, noche y día, cielo y tierra)… conecta la persona con el sentido de su  propósito más elevado, llamado o destino. En términos psicológicos, actúa… conectando al ego con el inconsciente. (Samuels, Shorter y Plaut. 1986. A Critical Dictionary  of Jungian Analysis. Londres: Routledge y Kegan Paul).

95.- Recursos personales positivos en la relación con el paciente: las estrategias de regulación emocional
116.- Análisis funcional de casos psiquiátricos: su utilidad en la comprensión de la patología
Dra. Gertrudis Ostfeld de Bendayán

trudybendayan@gmail.com